KOGOTENI
Los veo por la calle, de un lado a
otro, tirando de sus carros como la más común de las bestias. Sus carros son
enormes, hechos de chapas y tablones de madera remendados y cosidos con clavos.
En la parte delantera hay construida una horquilla de madera basta unida por un
travesaño. En el borde rasero tienen clavado un neumático viejo que les sirve
para frenar cuando enfilan una pendiente y la carga amenaza con aplastarles,
entonces basculan hacia atrás hasta que el neumático choca contra el suelo
evitando un fatal desenlace. Ellos se sitúan dentro de la horquilla, en el lugar
en el que nosotros estamos acostumbrados a ver burros, caballos o bueyes. Pero
aquí son ellos los que tiran del carro, cargado a veces hasta la infinitud,
hasta los límites de lo comprensible. Llevan hierros, sacos de cemento, de
harina, llevan cajas de verduras, frutas y hortalizas, llevan lo que sea, da
igual, pero sea lo que sea se amontona sobre los listones hasta que la carga les
supera en dos o tres alturas y se empieza a tambalear, entonces ya está, ya no
cabe más. El hombre aquí se transforma en animal, no entiende que esa carga no
se puede mover, se coloca en su puesto y cierne sus garras con fuerza sobre la
madera sobre la que se agrieta su piel, empuja, su mandíbula se desencaja y sus
venas florecen sobre su piel negra y brillante a punto de reventar, sus pies
resbalan impotentes levantando una pequeña nube de polvo sobre el suelo hostil.
Desiste, no puede, pero podrá, de momento se retira para tomar aliento, pide
ayuda y dos hombres se acercan, se suben encima de la traviesa de la horquilla y
saltan sobre ella hasta que el carro bascula hacia adelante alcanzando una
horizontalidad más que precaria. El hombre se coloca de nuevo en su lugar, de
nuevo se transforma en animal y, a duras penas, las dos ruedas empiezan a girar
despacio sobre un eje chirriante. La carga empieza a moverse y en la expresión
de la bestia bípeda que la impulsa se adivina la intención inequívoca de llegar
a su destino, sea cual sea, sea cuando sea. Suben y bajan calles y caminos, su
esfuerzo hercúleo es anónimo y sordo, pero imprescindible. Estos hombres son
casi lo peor, casi lo más bajo. A menudo calzan zapatos diferentes en cada pie,
que sólo se parecen entre ellos por lo rotos y viejos que están. Visten algo
peor que los harapos, este gremio ni siquiera disfruta los jirones de lo que
otros tiran a la basura. Están sucios y heridos por las astillas y los clavos
que les rodean. Sin embargo su dignidad es aún mayor que la carga que
transportan. Nadie entiende que si ellos no regaran con su sudor las calles y
los caminos, la harina nunca llegaría a la panadería, las naranjas y los tomates
no podrían exhibirse en los puestos de los pequeños mercados, las casas estarían
incompletas a falta de ladrillos y cemento, o de las placas de chapa ondulada
que hacen de tejado. Les pregunto que cuánto ganan por su trabajo y, además de
darme vergüenza, me parece de mal gusto transcribir su respuesta. Los veo y
pienso que más que la mercancía que acarrean con afán incombustible, lo que de
verdad pesa sobre ellos es una carga mucho más fatigante, porque ellos soportan
el peso de muchas barrigas injustamente satisfechas y de tantos bolsillos
repletos de lo que no les corresponde. Los veo y pienso que son seres
mitológicos, semihombres semibestias que, al igual que Atlas castigado por Zeus
al ser derrotado, soportan sobre sus hombros el peso del mundo, el peso de un
mundo mal repartido.
MANUTE
Soportan el peso del mundo... africanos, indígenas cargados hasta la muerte...
ResponderEliminar